La transformación de la experiencia o mancharse las manos de lengua.

“No tengo tiempo para aprender porque tengo que estudiar”

(Acaso, 2013)

 

El aprendizaje es un fenómeno que implica cambios en nuestra manera de ser, de ver, de concebir y de hacer las cosas. Ese cambio constante, que se produce de manera intensa cuando disponemos de la oportunidad de tomar contacto con la experiencia, no necesariamente equivale a la expresión “me lo he estudiado” ni, tal vez, al reto de haber conseguido memorizar algo, así como tampoco equivale al mero hecho de experimentarlo sin más. Aprender es una actividad auto-iniciada que procede de la interiorización tal y como describía Carl Rogers en su obra Freedom to Learn, allá por los años sesenta. En aquellos años, el psicólogo humanista ya hablaba -entre otras muchas cosas- de la alienación del proceso de enseñanza-aprendizaje cuando este solo se focaliza en el entrenamiento del alumno “de cuello para arriba”. Es muy probable que el acto pedagógico de enseñar, traducido en palabras del neurobiólogo James Zull como “el arte de cambiar el cerebro”, solo alcance su estado de plenitud cuando esta actividad está subordinada a la oración principal del aprender, entendiendo el aprendizaje como un proceso que ocupa al ser humano en su dimensión cognitiva, afectiva y física.

Zull

James Zull, The art of changing the brain (2002)

Aprender es una acción que no cesa nunca, de hecho, cuando aprendemos un nuevo idioma, muchas veces estamos en la tesitura de sentir que desarrollamos comportamientos de comunicación diferentes, con todos los cambios que ello supone. Aprender una L2 es una actividad tan compleja como atrapar un mundo de emociones, creencias y actitudes realmente nuevo y en el que la sensación de tener o haber tenido la experiencia de hablar la lengua extranjera es un medio facilitador, pero no lo es todo. En resumidas cuentas, que a hablar una L2 no se aprende tan solo hablando.

Como nos recuerda Knutson (2003), el saber popular refleja esa relación entre aprendizaje y experiencia que se establece ya desde el propio sentido común. Expresiones como “la escuela de la vida” o “la experiencia es el mejor profesor” dan cuenta de ello. Pero no es suficiente con realizar tareas y disponer de la experiencia de hablar en español para afirmar que estamos aprendiendo o se ha aprendido algo, nos queda tratar el asunto de la calidad de ese aprendizaje. Decía Dewey que “el valor cualitativo de la experiencia procede de la reflexión” y, con casi un siglo de diferencia, Kolb (1984) fue capaz de sistematizar en 4 ciclos la actividad por la cual la experiencia se transforma en aprendizaje. Esta es la base del aprendizaje experiencial:

Kolb

Desde una visión neurobiológica Zull se basa en el modelo de Kolb (1984) para establecer una interesante y reveladora correlación entre el aprendizaje experiencial y el diseño biológico de nuestro cerebro. Y, así, llegamos a una conclusión: el aprendizaje de una segunda lengua necesita del estímulo de los sentidos.

La emoción es un sentido más en ese encuentro del aprendizaje con la experiencia del mundo (real o imaginado), más allá del negro sobre blanco de la cultura letrada de la que la escuela es tan deudora. La educación en todas las edades necesita de la activación de procesos imaginativos, de imágenes sensuales y retos evocadores, así como de la reflexión para la transformación de la experiencia en aprendizaje. El mundo, decía la poeta Diane Ackerman, “es una lujuria para los sentidos”. Y necesitamos de ese enriquecimiento sensorial también dentro del aula, porque el aula suele ser, por lo general,  un espacio físico deshabitado, aséptico y empobrecido sensorialmente. Los profesores podríamos lograr una mejor calidad ecológica, un ecosistema más nutritivo para el aprendizaje de lenguas, a través de la imaginación o también a través de la inclusión de la tecnología en clase, si dejamos de pensar sólo en las tareas del mundo real y nos centramos también en la calidad de los mundos imaginados. Lo decía Buñuel: “la realidad, sin imaginación, es la mitad de realidad”.

En la relación “aprendizaje-memoria” desempeña un papel clave la presencia de la emoción. Para Mora (2013), “enseñar es emocionar” y para nosotros, recogiendo su testimonio, aprender ha de ser sentir, porque “se recuerda lo que se siente” (Brierley, 2011). Los profesores podemos hacer ese tránsito que va desde las actividades de memorización a las actividades memorables. Para ello, contar con la experiencia, enriquecer sensorialmente el aula y fomentar los espacios de reflexión y aprendizaje basados en la comprensión, puede significar la mejora de la calidad de la acción que lleven a cabo nuestros estudiantes en su L2.

Editorial Edinumen

Edinumen es una editorial especializada en la edición de libros y materiales para el aprendizaje y enseñanza del español como lengua extranjera (ELE) y como segunda lengua. Cuenta con más de 15 años de experiencia en el sector y más de 300 materiales didácticos editados. Gracias a su alto grado de especialización, su capacidad para crear productos innovadores y el reconocimiento de la comunidad docente como editorial de materiales de valor para la enseñanza del español, Edinumen es en la actualidad una de las editoriales de referencia del sector a nivel mundial.

Un comentario en “La transformación de la experiencia o mancharse las manos de lengua.

  1. Excelente artículo. Muy puntual, acertado y preciso. Este tipo de sinergía dentro y fuera del salón de clases transformaría la experiencia en aprendizaje real. Felicitaciones a su autor(a)

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